martes, 30 de septiembre de 2008

REFLEXIÓN - SAN AGUSTÍN DE HIPONA IV.

REFLEXIÓN - SAN AGUSTÍN DE HIPONA IV.
" Cómo excelente huésped, el Espíritu te encuentra vacío y te llena;
te encuentra hambriento y sediento y te satisface abundantemente.
Dios, el Espíritu Santo que viene de Dios, cuando entra en las personas,
las atrae a su amor y al del prójimo. Pues Él mismo es amor. "

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

lunes, 29 de septiembre de 2008

TU PALABRA, SEÑOR, ES...

TU PALABRA, SEÑOR, ES… PLENITUD PARA LA HUMANIDAD
Las siete identidades de la Palabra de Dios,
Siete es el número de plenitud en la cultura bíblica

1.- Tu Palabra, Señor, es origen y principio de VIDA (Gn 1,1-26; Jn 1, 1-4).

2.- LUZ en mi sendero (Sal 119, 105; Sal 18,29; Jn 8,12; 9,5; 12,46).

3.- VERDAD que nos hace libres (Jn 8,31-32; Jn 14,6; Jn 4,6).

4.- PAN que sustenta y fortalece (Dt 8,3; Mt 4,4; Jn 6,34 ss).

5.- CAMINO de salvación (Dt 30,15-20;Sal 119.1-3;Jn 14,6).

6.- Fuente de AGUA VIVA (Is 55,1; Jn 4,10-15).

7.- Siembra de ETERNIDAD (Os 2,25;Mt 13,1-32).

FUENTE :
www.revistaecclesia.com/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

REFLEXIÓN - SAN AGUSTÍN DE HIPONA III.

REFLEXIÓN - SAN AGUSTÍN DE HIPONA III." Busca lo mejor, lo que te hará mejor. Si
deseas oro, puedes o no obtenerlo.
Pero siempre que quieras puedes tener a Dios.
Desea a Dios para poder tenerlo y, finalmente,
serás feliz. Ama, posee esto :
puedes tenerlo cuando quieras y sin gastos. "

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

domingo, 28 de septiembre de 2008

REFLEXIÓN - SAN AGUSTÍN DE HIPONA II.

REFLEXIÓN - SAN AGUSTÍN DE HIPONA II" Esta es la regla del amor :
el bien que deseamos para nosotros deseémoslo también para
nuestro prójimo. Y el mal que no queremos soportar,
deseemos evitarlo también a nuestro prójimo.
Todos los que aman a Dios tengan estos deseos hacia todos. "

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

sábado, 27 de septiembre de 2008

ALGO LE HA PASADO A MI MUERTE CON LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO.

Algo le ha pasado a mi muerte con la resurrección de Jesucristo
Esteban Gumucio SS.CC.

Algo le ha pasado a mi muerte futura con la Resurrección de Jesucristo.
Antes que venga, yo puedo adelantarme y ganarle “el quien vive” a la muerte.
Puedo decirle:
“no me puedes robar la vida simplemente porque yo puedo regalarla
antes de tu visita”...
Jesús me ha enseñado a darla entera, cuerpo y alma.
Cuando venga la muerte, se quedará con un cadáver; no conmigo.
Mi cuerpo ya es del Señor.
Mis miembros vivos son del Resucitado
desde mi bautismo.
Soy uno solo: cuerpo y espíritu, uno solo en la vida verdadera.
La muerte no puede arrebatarme:
estoy en las manos de la Vida,para siempre, en la misma fuente de la Vida.
Ése que llevan al cementerio ya no soy yo:
que se quede la muerte diluyendo bajo tierra lo que es tierra.
No puede tocar a mi persona.
No puede mi amor ser consumido por los gusanos.
Aprendí de Cristo a darlo todoy todo lo entregado quedará para siempre, ciento por ciento en el Dios vivo.“Oh muerte ¿dónde está tu victoria?”
Estoy aprendiendo a mirarte de frente,a reconocerte vencida en la Cruz.
Afirmado en mi Señor Resucitado te miro,como mira un niño la jaula de los leones desde los fuertes brazos de su padre.
Todo entero incorporado al primer nacido de entre los muertos,
comparto desde ahora la vida nueva de mi Señor y Amigo:
En su cuerpo y en su sangre lo he puesto todo:
mi mundo, mis ojos, mis palabras, pensamientos;mis luces,
mis oscuridades, mis gozos y mis lágrimas;
mis acciones, sentimientos, mis anchuras, mis límites,
mi carne, mi espíritu y hasta las oscuras profundidades de mi ser.
¿Qué te queda, muerte, sino un poco de polvo?…Eres dintel solamente.
La Puerta es mi Señor.
Quedan de este lado los tiempos, las duraciones, los caminos.
Al atravesarte se rompen los límites y empiezala inagotable novedad.
Voy con Cristo, me basta ahora su camino de pobres,voy transfigurado,
nuevo y yo mismo,gratuitamente vencedor y vencido.
Cristo me arrebató,
me tomó para sí: ya no soy tuyo, muerte.
Así, humildemente vencida, te has hecho hermana:
“hermana Muerte”, pequeña, gris, servidora de nuestra Pascua.

ENVIÓ: PATRICIO GALLARDO VARGAS.

PARA QUE TODA LA VIDA SE CONVIERTA EN ORACIÓN... - THOMAS MERTON.

PARA QUE TODA LA VIDA SE CONVIERTA
EN ORACIÓN HAY QUE SER POBRES
Cuando soy liberado por el silencio, cuando dejo de estar implicado en la medición de la vida y me aplico a vivirla, puedo descubrir una forma de oración donde efectivamente no existe distracción. Toda mi vida se convierte en una plegaria. Mi silencio entero está colmado de oración. El mundo de silencio en el que estoy inmerso contribuye a mi plegaria.
La unidad, que es obra de la pobreza, reúne todas las heridas del alma y las cicatriza. Mientras permanezcamos pobres, mientras estemos vacíos e interesados solamente en Dios, no podremos ser distraídos. Pues nuestra misma pobreza nos impide que seamos “tironeados” (dis-traídos).
Si la luz que está en ti es oscuridad...
Supongamos que mi “pobreza” sea un hambre secreta de riquezas espirituales; supongamos que al simular la vaciedad, al simular que estoy en silencio, en realidad trato de adular a Dios enriqueciéndome con alguna experiencia ¿entonces qué? Entonces todo se convierte en una distracción. Todas las cosas creadas interfieren mi búsqueda de alguna experiencia especial. Debo cerrarles la puerta, o me harán pedazos. O peor: me convierto en una distracción. Pero, lo más desdichado de todo: si la plegaria se centra en mí mismo, si sólo aspira al enriquecimiento de mi propio ser, mi plegaria será mi mayor distracción potencial. Lleno de mi propia curiosidad, he comido del árbol del conocimiento y me he arrancado de mí mimo y de Dios. Me quedo rico y solo, y nada puede aliviar mi hambre: todo lo que toco se vuelve una distracción.

Dejadme buscar
el don del silencio, la pobreza y la soledad,
donde todo lo que toque
se convierta en plegaria;
donde el cielo sea mi plegaria,
los pájaros sean mi plegaria,
el viento en los árboles sea mi plegaria,
pues Dios está en todas las cosas.


Para que esto suceda debo ser realmente pobre. Nada debo procurar, sino que debo contentarme con lo que reciba de Dios. La verdadera pobreza es la del mendigo que se alegra de recibir limosnas de cualquiera, pero especialmente de Dios. La falsa pobreza es la del hombre que simula poseer la autosuficiencia de un ángel. Por esta razón, la pobreza verdadera consiste en recibir y dar gracias, sólo conservar lo que necesitamos consumir. La falsa pobreza simula no necesitar, simula no pedir, se esfuerza por procurarlo todo y rehúsa la gratitud por cualquier cosa.
( Thomas Merton )
(“Pensamientos en la soledad” Ed. LUMEN)

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

LA FORTALEZA DE LAS CIUDADES.

La fortaleza de las ciudades


Los espartanos han pasado a la historia como una de las razas más disciplinadas y valerosas.
En cierta ocasión, le preguntaron a un espartano ilustre,
Agesilao el Grande:
–– “¿Cómo es que Esparta no está rodeada de murallas?”.
A lo que él contestó:
–– “Lo que hace fuerte a las ciudades no son los maderos ni las piedras,
sino las virtudes de sus ciudadanos”.
( Autor desconocido ).

FUENTE : www.parabolas.org/

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

viernes, 26 de septiembre de 2008

SEÑOR, ¿ QUÉ QUIERES DE MÍ ?.

Señor, ¿qué quieres de mí?
Excelente pregunta. Es una oración completa. Una buena pregunta para tener permanentemente en el corazón, para pegar a la vida, para llevar a donde quiera que vayas. Buena pregunta por dos cuestiones: porque empuja a la vida hacia lo mejor, y porque es un diálogo continuo con Dios. Y además, vale para cualquier cosa que suceda, para cualquier acontecimiento en el que se mueven las personas, para cualquier situación o diálogo, para cualquier instante en el que la libertad de la persona se quiere hacer responsablemente personal y religiosa.
Señor, ?qué quieres? Y "qué quieres" no es qué te apetece, sino qué te parece más amable. Señor, ?qué amas tú? Porque lo que no quiero, aquello que no amo, aquello que no deseo, es que tú dejes de amarme. No quiero alejarme de tu amor. Es más, Señor, te pregunto qué quieres porque lo que deseo sinceramente es ser testigo de tu amor en el mundo, que amando las personas pregunten y eso por qué lo haces, y eso quién te lo ha dicho.
Es más, Señor, estoy convencido de que tu amor da una fuerza especial a mi vida. Es más, Señor, tu amor empuja, impulsa, enciende, dilata, desarrolla.
Hace unos años ya que comprendí que el lugar donde no había amor tampoco era un buen lugar para que viva cualquier persona. Porque una persona sin amor no puede vivir. Los niños pequeños lo saben, los mayores muchas veces sufren por eso. Los adultos, y más los matrimonios, son testigos de que algo que merece la pena es algo perpetuado a base de amor, de entrega y generosidad, de vida común. Y sinceramente vivimos gracias a ese amor.
Quizá lo menos comprendido sea que el amor no tiene por qué salir del corazón de los demás hacia mí, que no tengo por qué ser un "receptor" meramente, pasivo y deseante. Quizá lo más maravilloso es que tengo la oportunidad, del modo como he sido creado y como he nacido, de colocar en medio del mundo un amor más grande que cualquier otro sonado, un gesto de amor lo suficientemente significativo como para cambiar el mundo, un detalle amoroso que rasgue el mundo de tal manera que el niño herido sea capaz de sonreír y el que sonríe siempre sin motivo tenga una nueva esperanza por lo que seguir siendo así.
La pregunta es fácil: ?Esto es difícil? Pues. tú mismo. !Atrévete! Pero si empiezas, hazlo de corazón y con la verdad por delante. Algo sencillo es dejarse llevar por el Espíritu, hacer nacer en nosotros un diálogo intenso y sincero con Dios. Él fue el primero que, antes de recibir amor, amó hasta el extremo. Señor,
¿ Qué quieres de mí?

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

jueves, 25 de septiembre de 2008

EL ÁRBOL GENEROSO.

El árbol generoso
Autor: desconocido.
Había una vez un árbol...

Y el árbol amaba a un niño...
Y el muchacho venía todos los días y cogía sus hojas.
Y con ellas hacía coronas e imaginaba ser el rey del bosque...
Y trepaba por el tronco... Y se colgaba de sus ramas...
Y comía manzanas...
Y jugaba al escondite... Y cuando se cansaba se dormía a la sombra...
Y el muchacho amaba muchísimo al árbol... Y el árbol era feliz...
Pero el tiempo pasaba... Y el muchacho crecía...
Y el árbol, con frecuencia, estaba sólo...

Un día, el muchacho se acercó al árbol,
y éste le dijo:— Ven, muchacho, trepa por mi tronco
y colúmpiate en mis ramas y come manzanas y
juega a mi sombra y sé feliz...
— Soy demasiado grande para trepar y jugar —dijo el muchacho—.
Necesito dinero. ¿Puedes darme un poco de dinero?
— Lo siento —dijo el árbol—, pero no tengo dinero.
Sólo tengo unas hojas y manzanas.
Coge las manzanas, muchacho, y véndelas en el mercado de la ciudad.
Entonces tendrás dinero y serás feliz...
En seguida el muchacho subió al árbol, cogió sus manzanas y se las llevó.
Y el árbol fue feliz... Y el muchacho se alejó. Se fue muy lejos sin poder ver al árbol... Y el árbol estaba triste...

Y un buen día, el muchacho volvió...
Y el árbol se estremeció de alegría
y dijo— Ven, muchacho, y trepa por mi tronco y colúmpiate en mis ramas y... se feliz.—
Estoy demasiado atareado —dijo el muchacho— para trepar por tu tronco.
Necesito una casa para cobijarme. Necesito calor como el comer.
Quiero una esposa, quiero tener hijos y por eso necesito una casa.
— Yo no tengo casa —dijo el árbol—. El bosque es mi casa.
Pero tú puedes cortar mis ramas y construir una casa.
Entonces serás feliz...
Y el muchacho cortó sus ramas...
Las llevó para construir una casa... Y el árbol era feliz...
Y el muchacho se fue lejos y no pudo ver al árbol por mucho tiempo...

Y cuando el muchacho regresó..., el árbol no podía ni hablar,
embargado por la emoción.
— Ven, muchacho —balbuceó—, ven a jugar.
—Soy demasiado viejo y asediado por la tristeza para jugar —dijo el muchacho—.
Necesito un barco que me lleve muy lejos de aquí. ¿Me puedes dar un barco?
— Corta mi tronco y fabrica un barco —dijo el árbol—.
Luego podrás navegar hasta playas lejanas... y serás feliz...
Y el árbol era feliz..., aunque no enteramente... Le faltaba compañía...

Y después de mucho tiempo..., el muchacho regresó de nuevo.
— Lo siento, muchacho —dijo el árbol— pero no me queda nada...
Mis manzanas desaparecieron.
— Mis dientes son demasiado débiles para comer manzanas —dijo el muchacho—.
— Mis ramas... han desaparecido —dijo el árbol—. Ya no puedes columpiarte en ellas.
— Soy demasiado viejo para columpiarme en ellas—dijo el muchacho—.
—Mi tronco ha desaparecido —dijo el árbol—. Ya no puedes trepar.
— Estoy demasiado cansado para trepar —dijo el muchacho—.
— Lo siento—sollozó el árbol—. Quisiera darte algo...
Pero ya no me queda nada. Sólo un tronco. Lo siento...
— Ahora necesito muy pocas cosas —dijo el muchacho—.
Sólo un lugar tranquilo para sentarme y descansar... Estoy demasiado cansado...
— Bueno —dijo el árbol enderezándose todo lo que pudo con gran esfuerzo—.
— Bueno, siéntate. Un viejo tronco sólo sirve para asiento y descanso...
Ven, siéntate.
Y el muchacho lo hizo... Y el árbol era feliz, feliz, feliz.

¿ Cuál sería la enseñanza ?

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

PARA MEDITAR - SAN AGUSTÍN DE HIPONA.

PARA MEDITAR - SAN AGUSTÍN DE HIPONA.
" Aunque poseas mucho, eres pobrísimo.
Abundas en bienes temporales,
pero tienes necesidad de cosas eternas.
Miras las necesidades del mendigo humano y tú
mismo eres un mendigo de Dios. Lo que haces con los que te piden limosna es lo que Dios hará con su mendigo.
Estás lleno y estás vacío.
Llena a tu prójimo con tu plenitud, para que tu vacío pueda
llenarse con la plenitud de Dios."

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

EL ORFEBRE DE LA VIDA.

EL ORFEBRE DE LA VIDA.
Un rey poseía un diamante muy valioso, uno de los más raros y perfectos del mundo. Un día el diamante cayó desde una gran altura y la superficie se rayó en una de sus caras.El rey llamó a los mejores joyeros y orfebres del continente, para que intentaran corregir la imperfección. Sin embargo, todos coincidieron en que no podrían retirar el arañazo sin cortar una buena parte de la superficie, reduciendo así el peso y el valor del diamante. Finalmente, apareció un orfebre, no tan famoso, que afirmó que podría reparar el diamante sin problemas:
- Observé mucho al mayor orfebre de todos y, con él, aprendí mucho. Puedo garantizarle que sabré reparar el diamante sin reducir su valor.
Su confianza era tanta que, convencido, el rey entregó el diamante al hombre.
Después de algunos días, el orfebre volvió con el diamante y se lo mostró al Rey. Éste quedó gratamente sorprendido al descubrir que el arañazo tan feo había desaparecido y en su lugar, había sido tallada una bella rosa.
El arañazo anterior se había vuelto el tallo de una bella flor!
El rey, entusiasmado, dijo al orfebre:- ¡Qué bello trabajo, qué óptima idea! Dígame, ¿quién es ese gran orfebre que es su maestro?
Y el orfebre respondió:- Dios, el orfebre de la vida.
Dios está siempre con nosotros, si se lo permitimos, transformando nuestros arañazos en algo bello.

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

EL DECÁLOGO DEL CATEQUISTA.

El decálogo del catequista.

1.- La catequesis es inseparable de la vida. “Quien educa en la fe no puede correr el riesgo de presentarse como una especie de clown, que recita un papel por oficio”, ha reiterado en varias ocasiones Benedicto XVI. Catequista no es solo el que enseña, sino, sobre todo, el que testimonia. Por ello, la coherencia entre fe y vida es indispensable para el catequista.

2.- La catequesis ha de brotar de la Palabra de Dios. “La Escritura, íntimamente asimilada, sugiere los contenidos que se deben anunciar para convertir los corazones.

3.- La catequesis ha ser de proclamación y testimonio de Jesucristo. “Cristo es todo para nosotros”. La verdadera identidad y condición del catequista es la identidad y la condición del testigo. Escribía San Ambrosio: “Si quieres curar una herida, El es el médico; si estás ardiendo de fiebre, El es la fuente; si estás oprimido por la iniquidad, El es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, El es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, El es la vida; si deseas el cielo, El es el camino; si estás en las tinieblas, El es la luz.

4.- La catequesis es un servicio, un ministerio eclesial. El catequista no actúa para sí o por sí. No puede ir por libre, ni “predicarse” a sí mismo. Lo hace en nombre de la Iglesia y para la gran causa del Reino. Lo que el catequizando espera de él es que le muestre a Jesús, al único Jesús, que es el Jesús de la Iglesia.

5.- La catequesis requiere y necesita de la oración. Es su clima, su savia, su abono, su atmósfera más propia, íntima y fecundadora. El catequista ha de orar, ha de cultivar una relación de amor, de silencio, de escucha y de diálogo con el Señor al que transmite. La catequesis ha siempre de comenzar y de acabar con una plegaria. El catequista ha de ser orar sus catequizandos y los catequizandos por su catequista.

6.- La catequesis se alimenta de la Eucaristía. El catequista ha de mostrar con su ejemplo y con su vida que la Eucaristía es la fuente y cumbre de la vida cristiana. “Gustad y ved que bueno es el Señor”.

7.- La catequesis se prepara. Es teología en migajas. Y la teología es la fe que busca la inteligencia. La catequesis no se improvisa. Porque la catequesis sirve para dar razones de la esperanza cristiana.

8.- La catequesis ha de abrirse a los nuevos y viejos saberes. A las ciencias pedagógicas y a las nuevas tecnologías y medios. No para ser esclava de ellas; no para rellenar el tiempo con ellas, sino aprender a comunicar a los hombres de hoy el Evangelio de siempre con los medios, las técnicas y los saberes de hoy.

9.- La catequesis sirve a la verdad. La catequesis ha de dar respuestas fundamentales, fundamentadas y humildes. No ha, pues, de suscitar dudas innecesarias ni temores inadecuados.

10..- La catequesis ha de ser pedagogía del amor. La mejor y mayor autoridad del catequista son su testimonio y su amor. De ahí la importancia de que la catequesis camine a la par que la Escuela y de que la catequesis entre en el hogar, en la familia y en los amigos de los catequizandos.

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

martes, 23 de septiembre de 2008

¿ HAS PENSADO CÓMO RESPONDERÍA DIOS AL PADRE NUESTRO ?

¿HAS PENSADO CÓMO RESPONDERÍA DIOS AL PADRE NUESTRO?Hijo mío, que estás en la Tierra, preocupado, confundido, desorientado, solitario, triste, y angustiado.
Yo conozco perfectamente tu nombre, y lo pronuncio bendiciéndolo, porque te amo.
Juntos construiremos mi Reino, del que tú vas a ser mi heredero, y en eso no estarás solo porque yo habito en ti.
Deseo que siempre hagas mi voluntad, porque mi voluntad es que tú seas feliz.
Tendrás el pan para hoy. No te preocupes, sólo te pido que siempre lo compartas con tu prójimo, con tus hermanos.
Siempre perdono todas tus ofensas, antes incluso de que las cometas, pues sé que las cometerás. Sólo te pido que, de igual manera, perdones tú a los que te ofenden.
Deseo que NUNCA caigas en la tentación.
Y toma fuerte mi mano, aférrate siempre a mí, y yo te libraré del mal.
Nunca olvides que TE AMO desde el comienzo de tus días, y que TE AMARÉ hasta el fin de ellos ¡PORQUE SOY TU PADRE!
Que mi bendición quede contigo, y que mi paz y amor eternos te cubran siempre. Sólo de mí podrás obtenerlos, y sólo Yo puedo darlos porque
¡YO SOY EL AMOR Y LA PAZ!
( Autor desconocido ).

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

lunes, 22 de septiembre de 2008

ELÍAS Y LA VOZ SUAVE.

Elías y la voz suave.El profeta de entre los profetas. Un campesino como otro cualquiera en un momento de la historia convulso, con una visión clara. ¡Este es un profeta! No un hombre de grandes palabras que adelanta lo que Dios quiere, que es poseído por un espíritu extraño y que le hace zarandearse. No. Un profeta es uno de tantos, con una relación especial e íntima con Dios.
De esas relaciones que, como la amistad, se hacen desde pequeños y a fuerza de encontrarse una y otra vez, y que de mayores se convierten en quedamos para vernos, para hablar, para estar juntos.
La vida de Elías está llena de compasión y de fuerza. La compasión que ejercía con su mirada, hacia el prójimo. Su pueblo, el de Israel, se había entregado a dioses extraños y falsos. Y él les miró con compasión. Con tanta compasión y entereza que no pudo callarse. Comenzó su andadura contra los ídolos que adoraban, que engañaban a su pueblo, que mataban el amor y la fuerza de la historia que Dios había hecho con ellos. Y como normalmente sucede, cuando alguien alza la voz en contra, aun siendo por amor, hay quienes intentan silenciarle. Fue perseguido, incomprendido, tomado por loco, e insultado.
Pero su empeño no terminó. No se rindió ante las amenazas abandonando a quienes iban perdiendo poco a poco su vida. Pero sólo no podía, no encontró la respuesta "amable" que esperaba, ni "el apoyo" que quería. Y huyó por el miedo. Fue al desierto creyendo olvidar, y allí fue encontrado por Dios, alimentado por él, "entrenado" para anunciar con fuerza.
Elías quería ver y esperaba que Dios se mostrase. Se encerró en una gruta, en la montaña. Y allí aguardó hasta que Dios pasara. Vinieron grandezas, honores, el poder de la naturaleza que horroriza a los hombres, las grandes cosas que sobrecogen a las personas y las arrodillan por el miedo. Pero allí no estaba Dios. Ni en el huracán, ni en el terremoto. Ni en lo que oprime a los hombres. Allí no encontró ni su grandeza, ni su majestad, ni su Amor. Y pasó, de repente, en el silencio... una brisa suave. Y en lo cotidiano, lo tierno, lo cercano, lo que deja respirar y hace libres, lo que acaricia al hombre... allí encontró que Dios es grande y nunca abandona.
Salió y regresó con su pueblo. Si Dios está en la brisa, el hombre nunca estará solo.
para no quedarse en palabras
¿Qué esperas de Dios? ¿Esperas grandes palabras, que te conviertan en un buen cristiano y así anunciar con valentía a los demás que Dios les quiere? ¿Crees que Dios sólo te quiere en los grandes momentos, en las grandes situaciones, en las cosas "raras"...? ¿Dónde desearías encontrar a Dios: alejándote de todo, o en tu vida diaria?
Si esperas de Dios grandes palabras, te perderás su brisa suave que no se sabe bien ni de dónde viene ni a dónde va, pero que da de respirar, que hace fuertes, que alienta y anima en la dificultad, y se convierte en refrescante descanso en mitad de la jornada.

FUENTE :
www.lineacalasanz.es/relatos/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

domingo, 21 de septiembre de 2008

ENVÍAME, ESTOY DISPUESTO...

ENVÍAME, ESTOY DISPUESTO...
Envíame sin temor, que estoy dispuesto.
No me dejes tiempo para inventar excusas,
ni permitas que intente negociar contigo.
Envíame, que estoy dispuesto.
Pon en mi camino gentes, tierras, historias,
vidas heridas y sedientas de ti. No admitas un no por respuesta.

Envíame a los míos y a los otros, a los cercanos y a los extraños;
a los que te conocen y a los que sólo te sueñan y pon en mis manos tu tacto que cura;
en mis labios tu Palabra que seduce;
en mis acciones tu Presencia que salva;
en mi fe la certeza de tu Evangelio.
Envíame, con tantos otros que, cada día, convierten el mundo en milagro.

FUENTE :
www.vocacionesjesuitas.blogspot.com/2008/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

sábado, 20 de septiembre de 2008

P. RANIERO CANTALAMESSA - LA PAGA DEL REINO ES IGUAL PARA TODOS.

Predicador del Papa: La paga del Reino es igual para todos
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia de este domingo

XXV Domingo del tiempo ordinario
Isaías 55, 6-9; Filipenses 1,20c-27a; Mateo 20 1-16a
"Id también vosotros a mi viña"
La parábola de los trabajadores enviados a trabajar en la viña en horas distintas del día ha creado siempre grandes dificultades a los lectores del Evangelio. ¿Es aceptable la manera de actuar del dueño, que da la misma paga a quienes han trabajado una hora y a quienes han trabajado una jornada entera? ¿No viola el principio de la justa recompensa? Los sindicatos hoy se sublevarían a quien se comportara como ese patrón.
La dificultad nace de un equívoco. Se considera el problema de la recompensa en abstracto y en general, o en referencia a la recompensa eterna en el cielo. Visto así, se daría efectivamente una contradicción con el principio según el cual Dios "da a cada uno según sus obras" (Rm 2, 6). Pero Jesús se refiere aquí a una situación concreta, a un caso bien preciso: el único denario que se les da a todos es el Reino de los Cielos que Jesús ha traído a la tierra; es la posibilidad de entrar a formar parte de la salvación mesiánica. La parábola comienza diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana...".
El problema es, una vez más, el de la postura de los judíos y de los paganos, o de los justos y los pecadores, de cara a la salvación anunciada por Jesús. Aunque los paganos (respectivamente, los pecadores, los publicanos, las prostitutas, etc.) sólo ante la predicación de Jesús se han decidido por Dios, mientras que antes estaban alejados ("ociosos"), no por ello ocuparán en el reino un lugar distinto e inferior. Ellos también se sentarán a la misma mesa y gozarán de la plenitud de los bienes mesiánicos. Es más, como ellos se han mostrado más dispuestos a acoger el Evangelio, que no los llamados "justos", se realiza lo que Jesús dice para concluir la parábola de hoy: "los últimos ser&aacu te;n primeros y los primeros, últimos".
Una vez conocido el Reino, es decir, una vez abrazada la fe, entonces sí que hay lugar para la diversificación. Entonces ya no es idéntica la suerte de quienes sirven a Dios durante toda la vida, haciendo rendir al máximo sus talentos, respecto a quien da a Dios solo las sobras de su vida, con una confesión remediada, de alguna forma, en el último momento.
La parábola contiene también una enseñanza de orden espiritual de la máxima importancia: Dios llama a todos y llama en todas las horas. El problema, en suma, es la llamada, y no tanto la recompensa. Esta es la forma con que nuestra parábola fue utilizada en la exhortación de Juan Pablo II sobre "vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo"(Christifideles laici). "Los fieles pertenecen a ese pueblo de Dios que está prefi gurado por los obreros de la viña... Id también vosotros a mi viña. La llamada no se dirige solo a los pastores, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, sino que se extiende a todos. También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor" (nr.1-2).
Quisiera llamar la atención sobre un aspecto que quizás sea marginal en la parábola, pero que es muy sentido y vital en la sociedad moderna: el problema del desempleo. A la pregunta del propietario: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?", los trabajadores contestan: "Es que nadie nos ha contratado". Esta respuesta podría ser dada hoy por millones de desempleados.
Jesús no era insensible a este problema. Si describe tan bien la escena es porque muchas veces su mirada se había posado con compasión sobre aquellos corros de hombres sentados en el suelo, o ap oyados en una tapia, con un pie contra la pared, en espera de ser "fichados". Ese propietario sabe que los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los otros, también ellos tienen niños a los que alimentar, como los tienen los de la primera hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener sólo en cuenta el mérito, sino también la necesidad. Nuestras sociedades capitalistas basan la recompensa únicamente en el mérito (a menudo más nominal que real) y en la antigüedad en el servicio, y no en las necesidades de la persona. En el momento en que un joven obrero o un profesional tiene más necesidad de ganar para hacerse una casa y una familia, su paga resulta la más baja, mientras que al final de la carrera, cuando uno ya tiene menos necesidades, la recompensa (especialmente en ciertas categorías sociales) llega a las nubes. La parábola de los obreros de la viña nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

viernes, 19 de septiembre de 2008

DICHOS XII.

DICHOS XII." Nuestro mundo es un telón de teatro tras el cual se esconden
los secretos más profundos."
( Rainer Maria Rilke ).

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

jueves, 18 de septiembre de 2008

MI RAÍZ ES CRISTO.

Mi raíz es Cristo
Severino María Alonso, cmf
Seguir a Jesús por Jesús
En nuestro lenguaje castizo, hay una 'frase hecha', una expresión corriente, que habla de "andarse" o de "irse por las ramas". Con ella, se quiere decir que alguien se desvía notoria­men­te del tema que se está tratando, del centro de una cuestión, del núcleo esencial o de la raíz viva de un problema. La frase puede equivaler a dar rodeos, a quedarse en la pura superficie o simplemente a vivir despistado. Tam­bién podría equivaler a la expresión evangélica "edificar sobre arena" (cf Mt 7, 26-27), que es una gravísima imprudencia y hasta una verdadera temeridad y que, por eso, es también una insensatez.

Hace ya algunos lustros, Juan Bautista Metz hacía una llamada apremiante a todos los cristianos, y especialmente a los religio­sos, a "ser más radicales", yendo más decididamente "a la raíz de las cosas". Y afirmaba que había sonado "la hora del seguimiento"1.
Se trata, lógicamente, de seguir a Jesucristo; y sólo a Jesucristo.
Porque los demás -todos los demás, incluidos los mismos Fundadores-
no son propiamente término de nuestro seguimiento y de nuestra imitación, sino compañeros de viaje en nuestro caminar hacia Cristo; y, a lo más, primeros condiscípu­los en la única Escuela del Unico Maestro de todos, que es Cristo2.

Por eso, no se puede nunca absolutizar su ejemplaridad -aunque sea una ejemplari­dad verdadera-, sino que hay que relativizarla siempre y subordi­narla a la suprema ejemplaridad de Jesús. Más aún, sólo en pura referencia a Cristo, llega a ser 'ejemplaridad' para nosotros.

San Juan de la Cruz daba este saludable aviso: "Nunca tomes por ejemplo al hombre en lo que hubieres de hacer, por santo que sea, porque te pondrá el demonio delante sus imperfecciones; sino imita a Cristo, que es sumamente perfecto y sumamente santo, y nunca errarás"

3. San Agustín ya se lamentaba, en su tiempo, de que casi todos los que seguían a Cristo, le seguían no por razón de él mismo, sino por alguna otra razón. Y formulaba esta lamentación de una manera negativa, con una expresión gráfica, que podría traducirse así:
" casi nadie sigue a Cristo por Cristo".
Ahora bien, esto es verdaderamente doloroso por sus funestas consecuencias:
Se mata la raíz viva del árbol, y el árbol se seca irremediablemente;
se fundamenta la propia casa sobre arena movediza, y la casa se derrumba ante cualquier vendaval ideológi­co o moral; la Persona viva y vivificante de Jesús deja de ser el primer dato de conciencia, y la conciencia humana se pierde en lo neutro e impersonal, que no puede llenar ni convencer definitiva­mente a nadie, y se cae en la mediocridad y en el desencanto.

¿No será esta triste historia la historia triste de muchos religiosos y religiosas, que iniciaron su vida consagrada con verdadera 'ilusión', tal vez, en el doble sentido de la palabra? Deberíamos aprender, al menos, escarmentando. Porque 'escarmen­tar' es una forma elemental -y auténtica- de aprender.

Jesús no defrauda nunca. Muy al contrario, cuanto más se le conoce y se le trata,

cuanto más se cree en su Amor y se le ama, más crece el entusiasmo y la convicción -por sabrosa experiencia- de que él merece nuestra vida y nuestra muerte, y de que "seguirle" -desde su personal llamada, que nos capacita para responder y nos urge a responder-, es ya bastante privilegio, como para necesitar otra recompensa.
Si, como sabemos, una planta no crece tirando de las ramas, sino cuidando las raíces, volvamos a la raíz viva y al origen vivo de nuestra existencia cristiana religiosa. Volvamos decididamente a Jesucristo.

San Agustín repetía: "Origo mea, Christus est. Radix mea Christus est:
Mi Origen es Cristo. Mi Raíz es Cristo"4.
Nadie mejor que María -pura capacidad de Jesús, llena de Jesús-, la perfecta creyente y, por eso, la perfecta cristiana, la perfecta discípula, "prototipo del hombre frente a la gracia libre de Dios"5, para enraizarnos vitalmente en nuestra más viva Raíz, que es Cristo. Por eso mismo, nadie mejor que Ella para hacernos vivir de verdad, que para nosotros- es seguir radical­mente a Jesucristo.
Nuestra más decidida preocupación y ocupación ha de ser la de centrar teológicamen­te o, mejor, cristológi­camente, toda nuestra vida. Sólo de este modo lograremos recuperar, mantener y acrecentar nuestra más genuina identidad y cumplir, en la Iglesia y en el mundo, nuestra verdadera misión.

· J.B.Metz, Las órdenes religiosas. Su misión en un futuro próximo, como testimonio vivo del seguimiento de Cristo, Barcelona, 1978, p. 42.
· Cf San Agustín, In Ioannis Evangelium, trat. 16, 3: ML 35, 2523: "Magistrum enim unum omnes habemus, et in una schola condiscipuli sumus: Todos tenemos un único Maestro y somos condiscípulos en una única escuela".
· San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, n. 156, en "Obras Completas", BAC, Madrid, 1982, 11ª ed., p. 54.
· San Agustín, Contra litteras Peliani Donatistae, lib. 1, cap. 7, 8: ML 43, 249.
· W. Pannenberg, Fundamentos de cristología, Sígueme, Salamanca, 1974, p. 180.

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

LAS MUJERES EN LOS EVANGELIOS - MUJERES IMPURAS.

Las mujeres en los Evangelios - Mujeres Impuras
por Gloria Ladislao

La pureza ritual
Varias veces en los evangelios encontramos que Jesús tiene discusiones sobre lo puro y lo impuro, por ejemplo respecto a los alimentos (Mc 7,2) o por tratar con personas calificadas de impuras como los cobradores de impuestos (Mc 2,16).
El concepto puro/impuro nació en el ámbito del culto, es decir, los rituales y sacrificios por medio de los cuales el pueblo expresaba su relación con Dios. Puro era todo aquello apto para el culto a Dios. Así, por ej., un cordero sano y tierno era puro, cumplía las condiciones necesarias para ser usado en algún sacrificio. Un cordero enfermo o con algún defecto era impuro, no se podía usar. Como vemos, la noción más primitiva de puro/impuro no estaba ligada a la moral, sino a condiciones externas, específicamente relacionadas con la forma de hacer los ritos.
Desde este concepto, la Ley señalaba que el sexo y la sangre humana eran impuros, es decir, no aptos para el culto (Levítico cap. 15). ¿Por qué? Pensemos que en los tiempos del antiguo Israel, los pueblos vecinos, entre sus prácticas religiosas, tenían tanto ritos sexuales como sacrificios de seres humanos. Por ejemplo entre los cananeos, mantener relaciones sexuales con la sacerdotisa consagrada a una diosa era la forma de dar culto a esa diosa. Cuando alguna persona se encontraba en una situación de extrema necesidad podía ofrecer, para obtener el favor de los dioses, lo más preciado, la vida de un hijo, derramando sangre humana sobre el altar. Estos ritos paganos fueron una gran tentación para el pueblo de Israel durante muchos años. La Biblia nos cuenta que inclusive un rey de Judá, Ajaz, en el s. VIII a.C, para tratar de ahuyentar la guerra que se avecinaba, sacrificó a su hijo (2 Re 16,3-4).

La impureza de los líquidos corporales
Con sus propias normas, el pueblo de Israel buscó diferenciarse de los ritos paganos. Así, el sexo y el derramamiento de sangre quedaron fuera del culto a Dios, se convirtieron en impuros. El libro del Levítico en su capítulo 15 trae una detallada descripción sobre los fluidos de los cuerpos (semen y sangre) y la impureza que producen.
Para la época de Jesús, este concepto puro/impuro que había nacido en el culto ya se había extendido a toda la vida cotidiana. Los animales impuros, no aptos para el culto, tampoco se podían comer (Lev 11). La impureza de la sangre ya no se aplicaba solamente con el fin de evitar sacrificios humanos, sino que cualquier contacto con sangre en la vida diaria (tocar una herida o el ciclo menstrual) dejaba a una persona en la condición de impura, es decir, no apta para participar de los actos litúrgicos.
Las mujeres, por derramar sangre periódicamente, quedaban en la condición de impuras. Esta impureza, sumada a otros prejuicios y consideraciones sociales, hizo que las mujeres estuvieran relegadas, particularmente en la vida religiosa. Cualquier contacto físico con una mujer “contagiaba” la impureza. Los sacerdotes del Templo de Jerusalén, que eran hombres casados, debían abstenerse de mantener relaciones sexuales durante los días que servían en el templo. Se evitaba el contacto físico y el diálogo con cualquier mujer en lugares públicos. En la entrada del Templo de Jerusalén circulaba una corriente de agua para que los varones pudieran hacer los ritos de purificación y participar de las ceremonias del templo.
En las sinagogas, donde se leía la Escritura, las mujeres podían estar presentes en la liturgia los sábados, pero no podían leer o participar con su voz en los comentarios bíblicos.

La sangre de la vida
La sangre menstrual y la sangre de los partos es signo de la capacidad de vida que las mujeres llevamos en nuestro cuerpo. Pero una religión controlada y legislada hizo de esa sangre de vida una impureza que obligaba a recluirse, una sangre “sucia” que contagiaba algo malo. La sangre, fuente de energía y de vitalidad, se convirtió en la razón por la cual muchas mujeres se vieron confinadas y limitadas de participar activa y plenamente en la vida.
Jesús, en esto como en tantas otras cosas, fue libre. Se ubicó más allá de prejuicios y tabúes. Trató con impuros e impuras.
No hay sangre sucia o impura desde que El dejó su sangre en la copa de vino para quedarse presente.No hay sangre sucia o impura desde que El derramó su sangre en la cruz para dar vida. No hay sangre sucia o impura desde que de su costado abierto, como en un parto con sangre y agua, nació la Iglesia. La sangre de las mujeres, la sangre que periódicamente se derrama marcando el ciclo de la vida, es sangre pura, apta para el culto a Dios, símbolo de la energía y la vitalidad que se entrega desde el cuerpo de las mujeres.

Nota aclaratoria del autor :
Todos los temas que estamos desarrollando, sobre la condición de las mujeres en el judaísmo en la época de Jesús, se refieren a aquel momento histórico. El judaísmo ha evolucionado en diversos sentidos a lo largo de estos veintiún siglos. Digamos, por ejemplo, que hoy en día existen muchas rabinas mujeres, lo cual es un signo del lugar que las mujeres ocupan hoy en la religión judía, muy distinto al que tenían en tiempos de Jesucristo.

FUENTE :
www.buenasnuevas.com/biblia/mujeres/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

martes, 16 de septiembre de 2008

ADORACIÓN EUCARÍSTICA.

Adoración Eucarística." Un misionero se dio cuenta que uno de los nuevos cristianos todos los días se ponía de rodillas delante del sagrario y se quedaba allí inmóvil por un largo tiempo en silencio.
Era un hombre muy sencillo, que no había aprendido a leer.
Un día, el misionero le preguntó qué hacía estando tan tranquilo y silencioso delante del sagrario, y él le contestó :
- Padre, pongo mi alma al sol. "

Moraleja :
" La adoración a Jesús Eucaristía
calienta y acrisola el alma mía."

( de " 101 Cuentos para la Catequesis ", P. Mateo Bautista, Ed. San Pablo ).
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

NUESTRO CAMINO.

Nuestro camino ...Cristo es nuestro camino. Todo se reduce a comprender
cómo hemos de caminar imitando al modelo que es Cristo......
No sabemos lo que Dios nos tiene reservado en esta tierra
y tampoco debemos preguntárnoslo antes de tiempo.
Sólo una cosa es cierta:
que todo lo que sucede a quienes aman al Señor es para su propio bien... Sta. Teresa Benedicta de la Cruz
(Edith Stein)
Del libro ahora que son las doce


ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

lunes, 15 de septiembre de 2008

MARÍA CON SU SONRISA LES MUESTRA LA DIGNIDAD QUE NUNCA LES ABANDONA A LOS ENFERMOS - PAPA BENEDICTO XVI.

Homilía de Papa Benedicto XVI en la misa con los enfermos
María con su sonrisa les muestra la dignidad que nunca les abandona.

Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la mañana de este lunes durante la santa misa que presidió con los enfermos en la Explanada del Rosario en Lourdes.
* * *
Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos enfermos, acompañantes, y quienes los acogen,
Queridos hermanos y hermanas
Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Como afirma san Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf. Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción). Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35) por el suplicio infligido al Inocente, nacido de su carne. Igual que Jesús lloró (cf. Jn 11,35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a Ella a la perfección (cf. Hb 2,10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19,30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: "Ahí tienes a tu hijo" (Jn 19,26-27).
María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en el curso de la historia y no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en Ella; la oración Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! expresa bien este sentimiento. María ama a cada uno de sus hijo s, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz.
El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que "los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa" (Sal 44,13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre.
Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc 1,46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa. Aquí, en Lourdes, durante la aparición del miércoles, 3 de marzo de 1858, Bernadette contempla de un modo totalmente particular esa sonrisa de María. Ésa fue la primer a respuesta que la Hermosa Señora dio a la joven vidente que quería saber su identidad. Antes de presentarse a ella algunos días más tarde como "la Inmaculada Concepción", María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio.
En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable. Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido y el valor de la vida. Es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo, sin la ayuda de la gracia divina. C uando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados, es necesaria una presencia amorosa; buscamos entonces no sólo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe. Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? Ellos son, más que nadie, capaces de entendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento. La Carta a los Hebreos dice de Cristo, que Él no sólo "no es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros" (cf. Hb 4,15). Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la l ucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a Ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo, a la hora que Dios quiera.
Qué acertada fue la intuición de esa hermosa figura espiritual francesa, Dom Jean-Baptiste Chautard, quien en El alma de todo apostolado, proponía al cristiano fervoroso encontrarse frecuentemente con la Virgen María "con la mirada". Sí, buscar la sonrisa de la Virgen María no es un infantilismo piadoso, es la aspiración, dice el salmo 44, de los que son "los más ricos del pueblo" (44,13). "Los más ricos" se entiende en el orden de la fe, los que tienen mayor madurez espiritual y saben reconocer precisamente su debilidad y su pobreza ante Dios. En una manifestación tan simple de ternura como la sonrisa, nos damos cuenta de que nuestra única riqueza es el amor que Dios nos rega la y que pasa por el corazón de la que ha llegado a ser nuestra Madre. Buscar esa sonrisa es ante todo acoger la gratuidad del amor; es también saber provocar esa sonrisa con nuestros esfuerzos por vivir según la Palabra de su Hijo amado, del mismo modo que un niño trata de hacer brotar la sonrisa de su madre haciendo lo que le gusta. Y sabemos lo que agrada a María por las palabras que dirigió a los sirvientes de Caná: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2,5).
La sonrisa de María es una fuente de agua viva. "El que cree en mí -dice Jesús- de sus entrañas manarán torrentes de agua viva" (Jn 7,38). María es la que ha creído, y, de su seno, han brotado ríos de agua viva para irrigar la historia de la humanidad. La fuente que María indicó a Bernadette aquí, en Lourdes, es un humilde signo de esta realidad espiritual. De su corazón de creyente y de Madre brota un agua viva que purifica y cura. Al sumergirse en las piscinas de Lourdes cuántos no han descubierto y experimentado la dulce maternidad de la Virgen María, juntándose a Ella par unirse más al Señor. En la secuencia litúrgica de esta memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, se honra a María con el título de Fons amoris, "Fuente de amor". En efecto, del corazón de María brota un amor gratuito que suscita como respuesta un amor filial, llamado a acrisolarse constantemente. Como toda madre, y más que toda madre, María es la educadora del amor. Por eso tantos enfermos vienen aquí, a Lourdes, a beber en la "Fuente de amor" y para dejarse guiar hacia la única fuente de salvación, su Hijo, Jesús, el Salvador.
Cristo dispensa su salvación mediante los sacramentos y de manera muy especial, a los que sufren enfermedades o tienen una discapacidad, a través de la gracia de la Unción de los Enfermos. Para cada uno, el sufrimiento es siempre un extraño. Su presencia nunca se puede domesticar. Por eso es difícil de soportar y, más difícil aún -como lo han hecho algunos grandes testigos de la santidad de Cristo- acogerlo como ingrediente de nuestra vocación o, como lo ha formulado Bernadette, aceptar "sufrir todo en silencio para agradar a Jesús". Para poder decir esto hay que haber recorrido un largo camino en unión con Jesús. Desde ese momento, en compensación, es posible confiar en la misericordia de Dios tal como se manifiesta por la gracia del Sacramento de los Enfermos. Bernadette misma, durante una vida a menudo marcada por la enfermedad, recibió este sacramento en cuatro ocasiones. La gracia propia del mismo consiste en acoger en s&ia cute; a Cristo médico. Sin embargo, Cristo no es médico al estilo de mundo. Para curarnos, Él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo. La presencia de Cristo consigue romper el aislamiento que causa el dolor. El hombre ya no está solo con su desdicha, sino conformado a Cristo que se ofrece al Padre, como miembro sufriente de Cristo y participando, en Él, al nacimiento de la nueva creación.
Sin la ayuda del Señor, el yugo de la enfermedad y el sufrimiento es cruelmente pesado. Al recibir la Unción de los Enfermos, no queremos otro yugo que el de Cristo, fortalecidos con la promesa que nos hizo de que su yugo será suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30). Invito a los que recibirán la Unción de los Enfermos durante esta Misa a entrar en una esperanza como ésta.
El Concilio Vaticano II presentó a María como la figura en la que se resume todo el misterio de la Iglesia (cf. Lumen gentium, 63-65). Su trayectoria personal representa el camino de la Iglesia, invitada a estar completamente atenta a las personas que sufren. Dirijo un afectuoso saludo a los miembros del Cuerpo médico y de enfermería, así como a todos los que, de diverso modo, en los hospitales u otras instituciones, contribuyen al cuidado de los enfermos con competencia y generosidad. Quisiera también decir a todos los encargados de la acogida, a los camilleros y acompañantes que, de todas las diócesis de Francia y de más lejos aún, acompañan durante todo el año a los enfermos que vienen en peregrinación a Lourdes, que su servicio es precioso. Son el brazo de la Iglesia servidora. Deseo, en fin, animar a los que, en nombre de su fe, acogen y visitan a los enfermos, sobre todo en los hospitales, en las parroquias o, como aquí, en los santuarios. Que sientan en esta misión tan delicada e importante el apoyo efectivo y fraterno de sus comunidades. Y, en este sentido, saludo y doy gracias particularmente también a mis hermanos en el episcopado, los obispos franceses, los obispos extranjeros y los sacerdotes, pues todos son acompañantes de los enfermos y de los hombres en el sufrimiento de este mundo. Gracias por vuestro servicio al Señor que sufre.
El servicio de caridad que hacéis es un servicio mariano. María os confía su sonrisa para que os convirtáis vosotros mismos, fieles a su Hijo, en fuente de agua viva. Lo que hacéis, lo hacéis en nombre de la Iglesia, de la que María es la imagen más pura. ¡Que llevéis a todos su sonrisa!
Al concluir, quiero sumarme a las oraciones de los peregrin os y de los enfermos y retomar con vosotros un fragmento de la oración a María propuesta para la celebración de este Jubileo:
"Porque eres la sonrisa de Dios, el reflejo de la luz de Cristo, la morada del Espíritu Santo,
porque escogiste a Bernadette en su miseria,
porque eres la estrella de la mañana, la puerta del cielo y la primera criatura resucitada,
Nuestra Señora de Lourdes,
junto con nuestros hermanos y hermanas cuyo cuerpo y corazón están doloridos, te decimos: ruega por nosotros".
[Traducción del original en francés distribuida por la Santa Sede. Zenit ha añadido el cambio que el Papa hizo en la lectura del texto.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

AQUÍ ESTOY, SEÑOR.

" Aquí estoy, Señor "" Aquí estoy, Señor,
arado de arriba abajo,
despojado de la vieja cosecha,
sin una sola hierba verde.

Aquí estoy, Señor,
la reja de hierro
me ha volteado
de dentro afuera
y ha sacado al aire
la entraña frágil,
la piedra dura.

Aquí estoy, Señor,
todo entero al sol que quema
y al rocío de la noche,
puro surco rajado,
herido de esperanza,
abierto para la nueva siembra.

Aquí estoy, Señor."

( de una canción interpretada por P. Cristóbal Fones Sj, en
" Tejido a Tierra " ,
letra : Benjamín González Buelta ).

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

domingo, 14 de septiembre de 2008

DICHOS XI.

DICHOS XI." La alegría es el ingrediente principal de este compuesto
que se llama salud."

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

sábado, 13 de septiembre de 2008

ROMA : LA CIUDAD DEL MARTIRIO DE SAN PABLO.

Roma: la ciudad del martirio de Pablo
por Luis Neira,
Sacerdote de la Sociedad de San Pablo

El contexto social
El Imperio romano, que en el siglo I d.C. extendía sus fronteras por más de 4000 kilómetros de Oriente a Occidente y unos 3700 de norte a sur, contaba con una población que posiblemente sobrepasaba los 50 millones de habitantes y tenía por capital la ciudad de Roma.

En su calidad de centro neurálgico, Roma concentraba la cultura, el comercio, la política, la economía y la atención de los habitantes del imperio, que la veían más que una metrópolis como una deidad.

Roma era el centro del imperio y como tal una meta por alcanzar. Allí se decidían los destinos del mundo, impulsados por el poder militar que ensanchaba las fronteras y hacía que sus ciudadanos pudieran moverse con libertad y seguridad dentro de ellas.

Saulo de Tarso era uno de ellos. Definido como “hombre de tres culturas” por su origen judío, de la tribu de Benjamín, nacido en Tarso de Cilicia (hoy Turquía) que además contaba con la ciudadanía romana.

Criado en una ortodoxia rigurosa, contaba también con la influencia liberal de los helenistas, o sea, la cultura griega que en ese tiempo había penetrado todos los niveles de la sociedad en el Asia Menor.

En el plano religioso, Roma vivía una cohesión entre religión y poder político, que se caracterizaba por la falta de permisividad ante la práctica de cultos extranjeros, lo que llevó a su vez que magos y adivinos fueran perseguidos, se prohibió el culto a Isis y se expulsó a los judíos de la ciudad.

Entre los expulsados de Roma por el emperador Claudio están Aquila, natural del Ponto, y su mujer Priscila a quienes Pablo encuentra en Corinto, y a quienes se une en el oficio como en la tarea evangelizadora (Cfr. Hech 18, 1-3).

Si bien la presencia judía en el imperio era alrededor del 10% del total de la población, en Roma ésta no llegaba al 3%.
A toda la opulencia que caracterizaba a esta metrópolis se une el hecho de la gran variedad de sus habitantes por su origen y condición social.
Ante esta característica, que es bastante común en la mayoría de las urbes visitadas por el apóstol, él escribe motivando a la unidad que debía existir entre quienes profesaban la misma fe: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 28).

La comunidad de Roma
Pequeñas comunidades cristianas hacían parte de la gran comunidad de Roma. A la notable variedad de sus miembros por su proveniencia, nivel socio económico, condición de esclavos o miembros de la nobleza, se agregaba el hecho que “estaban muy unidos” y que los hacía un centro de irradiación de la Buena Nueva.
El tono afectuoso y fraterno con que Pablo los saluda confirma el tipo de comunidad que allí existía: “doy gracias a mi Dios por todos ustedes, porque su fe es alabada en el mundo entero” (Rom 1, 8).

Sin embargo, cabe destacar, que a esa unidad de que hacía gala, la comunidad de Roma también vivía serias tensiones internas como mutuo desprecio entre cristianos procedentes del judaísmo y de origen pagano, tensiones por el modo de entender el Evangelio, el caso de “los débiles” y “los fuertes”, etc. que hacía que Pablo anhelara visitarlos: “Quiero que sepan, hermanos, que muchas veces me propuse ir a visitarlos para cosechar entre ustedes algún fruto, como entre los demás pueblos; pero hasta ahora me he visto impedido. Yo me debo tanto a los griegos como a los que no lo son, a los sabios como a los ignorantes; de ahí mi propósito de anunciarles la Buena Noticia también a ustedes los que habitan en Roma” (Rom 1, 13-15).

Pablo escribió la Carta a los romanos desde Corinto, a principios del año 58, con el fin de preparar su viaje, especialmente entre quienes aún no lo conocían.

Llega a Roma en calidad de prisionero a mediados del año 61. Le fue permitido vivir en una casa particular con un soldado que lo custodiaba, haciendo uso de su ciudadanía que le permitía este tipo de prisión, llamada custodia militaris, a medio camino entre la custodia libera, o libertad vigilada, y la custodia publica, o detención penal.
Al cabo del tiempo máximo previsto por la ley romana para la custodia militaris, Pablo recobró su libertad y pudo dejar Roma para dirigirse a otros lugares, como escribe en sus últimas cartas a Timoteo y Tito en que se deduce que, entre los años 63 y 66 (o 67) d.C. viajó por distintas ciudades de Grecia y de Asia Menor.

La labor apostólica de Pablo sigue siendo activa y fructífera. Sin embargo durante el verano del 64 comenzó la cruel persecución neroniana contra los cristianos de Roma, que luego se propagó a otras zonas del imperio.
Pablo fue apresado posiblemente en Tróade, ya que salió de esa ciudad sin llevar consigo ni siquiera su manto de viaje.
Tras la detención, bajo la custodia de unos cuantos soldados, fue llevado de nuevo hasta Roma.

El martirio
El segundo cautiverio resultó mucho más riguroso que el anterior, pues el Derecho romano ejerció sobre el apóstol la llamada custodia publica, por lo que la detención fue en la cárcel como un delincuente común.
A Pablo, ya anciano y cansado, le pesa esta dura situación, pero también es conciente de lo que le espera por lo que escribe a Timoteo:"Estoy apunto de derramar mi sangre en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. He peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida”. (2Tim 2, 8-10)

La comunidad cristiana de Roma está cerca del apóstol durante su encarcelamiento, aún corriendo los riesgos propios del clima de persecución que se vive. Pablo valora esto y se lo hace ver a Timoteo a quien envía sus saludos y destaca la presencia de hermanos como Eúbulo, Pudente, Lino y Claudia (Cfr. 2Tim 4, 21).
Diez días después de dictada la sentencia que lo condenaba a muerte, y según establecía la ley, Pablo fue decapitado sin presencia de público y fuera de los muros de la ciudad.

Desde aquel "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (...). Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer” (Hech 9, 4-6), la vida del hombre dio un vuelco y dejó a la vista de todos al apóstol.
Conquistado por Jesús en el camino a Damasco, Pablo, de perseguidor de cristianos se convirtió en apóstol de los gentiles. Sus viajes, cartas y misión entre las comunidades, dan cuenta de su entrega sin reservas a la causa del Evangelio.

Fatigas, prisiones, golpes, peligros de muerte, cinco veces azotado con los treinta y nueve golpes, tres veces azotado con varas, apedreado, tres naufragios y abandonado en alta mar, viajes con peligros de ríos, de asaltos, de los extranjeros y los propios compatriotas, peligros en ciudades y descampados, peligros en el mar y por falsos hermanos, angustias, sin dormir, con hambre y sed, ayunos, con frío y sin ropa, sólo son el reflejo del martirio constante que concluyó a la afueras de Roma.

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

viernes, 12 de septiembre de 2008

P. RANIERO CANTALAMESSA - LA CRUZ QUE NO APLASTA, ENSALZA.

Predicador del Papa: La Cruz que no aplasta, ensalza.
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
Predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
* * *
La Exaltación de la Santa Cruz
Números 21, 4-9; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

Igual que Moisés levantó una serpiente en el desierto...
Actualmente la cruz ya no se presenta a los fieles en su aspecto de sufrimiento, de dura necesidad de la vida o incluso como un camino para seguir a Cristo, sino en su aspecto glorioso, como motivo de honor, no de llanto. Ante todo digamos algo sobre el origen de esta fiesta. Recuerda dos acontecimientos distantes en el tiempo. El primero es la inauguración, por parte del emperador Constantino, de dos basílicas, una en el Gólgota, otra en el sepulcro de Cristo, en el año 325. El otro suceso, en el siglo VII, es la victoria cristiana contra los persas, que llevó a la recuperación de las reliquias de la cruz y su devolución triunfal a Jerusalén. Sin embargo con el paso del tiempo la fiesta ha adquirido un significado autónomo. Se ha convertido en una celebración gloriosa del misterio de la cruz, que siendo instrumento de ignominia y de suplicio, Cristo transformó en instrumento de salvación.
Las lecturas reflejan esta perspectiva. La segunda lectura vuelve a proponer el célebre himno de la Carta a los Filipenses, donde se contempla la cruz como el motivo de la mayor "exaltación" de Cristo: "Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre". También el Evangelio habla de la cruz como del momento en el que "el Hijo del hombre ha sino levantado para que todo el que crea tenga por Él vida eterna".
Ha habido, en la historia, dos modos fundamentales de representar la cruz y el crucifijo. Los llamamos, por comodidad, el modo antiguo y el moderno. El modo antiguo, que se puede admirar en los mosaicos de las antiguas basílicas y en los crucifijos del arte románico, es glorioso, festivo, lleno de majestad. La cruz, frecuentemente sola, sin crucifijo, aparece constelada de gemas, proyectada en un cielo estrellado, y bajo ella la inscripción: "Salvación del mundo, salus mundi", como en un célebre mosaico de Rávena.
En los crucifijos de madera del arte románico, este tipo de representación se expresa en el Cristo que reina con vestiduras reales y sacerdotales desde la cruz, con los ojos abiertos, la mirada al frente, sin sombra de sufrimiento, sino radiante de majestad y victoria, ya no coronado de espinas, sino de gemas. Es la traducción del versículo del salmo: "Dios reinó desde el madero"(regnavit a ligno Deus). Jesús hablaba de su cruz en estos mismos términos: como el momento de su "exaltación": "Y yo cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32).
La forma moderna comienza con el arte gótico y se acentúa cada vez más, hasta convertirse en el modo ordinario de representar el crucifijo. Un ejemplo extremo es la crucifixión de Matthias Grünewald en el Altar de Isenheim. Las manos y los pies se retuercen como zarzas alrededor de los clavos, la cabeza agoniza bajo un haz de espinos, el cuerpo cubierto de llagas. Igualmente los crucifijos de Velázquez y de Dalí y de muchos otros pertenecen a este tipo.
Los dos modos evidencian un aspecto verdadero del misterio. La forma moderna -dramática, realista, desgarradora- representa la cruz vista, por así decirlo, por delante, "de cara", en su cruda realidad, en el momento en que se muere en ella. La cruz como símbolo del mal, del sufrimiento del mundo y de la tremenda realidad de la muerte. La cruz se representa aquí "en sus causas", esto es, en aquello que, habitualmente, la ocasiona: el odio, la maldad, la injusticia, el pecado.
El mundo antiguo evidenciaba no las causas, sino los efectos de la cruz; no aquello que produce la cruz, sino lo que es producido por la cruz: reconciliación, paz, gloria, seguridad, vida eterna. La cruz que Pablo define "gloria" u "honor" del creyente. La festividad del 14 de septiembre se llama "exaltación" de la cruz porque celebra precisamente este aspecto "exaltante" de la cruz.
Hay que unir, a la forma moderna de considerar la cruz, la antigua: redescubrir la cruz gloriosa. Si en el momento en que se experimentaba la prueba, podía ser útil pensar en Jesús clavado en la cruz entre dolores y espasmos, porque esto hacía que lo sintiéramos cercano a nuestro dolor, ahora hay que pensar en la cruz de otro modo. Me explico con un ejemplo. Hemos perdido recientemente a una persona querida, tal vez después de meses de gran sufrimiento. Pues bien: no hay que seguir pensando en ella como estaba en su lecho, en tal circunstancia, en tal otra, a qué punto se había reducido al final, qué hacía, qué decía, tal vez torturando mente y corazón, alimentando inútiles sentimientos de culpa. Todo esto ha terminado, ya no existe, es irreal; actuando así no hacemos más que prolongar el sufrimiento y conservarla artificialmente con vida.
Hay madres (no lo digo para juzgarlas, sino para ayudarlas) que después de haber acompañado durante años a un hijo en su calvario, cuando el Señor lo ha llamado consigo, rechazan vivir de otra forma. En casa todo debe permanecer como estaba en el momento de la muerte del hijo; todo debe hablar de él; visitas continuas al cementerio. Si hay otros niños en la familia, deben adaptarse a vivir también ellos en este clima tapizado de muerte, con grave perjuicio psicológico. Cada manifestación de alegría en casa les parece una profanación. Estas personas son las que necesitan más descubrir el sentido de la fiesta del 14 de septiembre: la exaltación de la cruz. Ya no eres tú quien lleva la cruz, sino la cruz quien te lleva a ti; la cruz que no te aplasta, sino que te levanta.
Hay que pensar en la persona querida como es ahora que "todo ha terminado". Así hacían con Jesús los artistas antiguos. Lo contemplaban como es ahora, como está: resucitado, glorioso, feliz, sereno, sentado en el mismo trono de Dios, con el Padre que ha "enjugado toda lágrima de sus ojos" y le ha dado "todo poder en los cielos y en la tierra". Ya no entre los espasmos de la agonía y de la muerte. No digo que se pueda siempre dominar el propio corazón e impedir que sangre con el recuerdo de lo sucedido, pero hay que procurar que prevalezca la consideración de fe. Si no, ¿para qué sirve la fe?
[Traducción del original italiano por Marta Lago]

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.